Medikuen Ahotsa

El puente de los miedos (Ganador Concurso de Cuentos 2016)

Más allá de la medicina

EL PUENTE DE LOS MIEDOS

Paula  Puertolas Guerra (16 años)

Corrí y corrí sin mirar atrás hasta que me encontré tan perdido que me fue imposible continuar. Llevaba diez minutos sin parar, ni siquiera sabía si aquellos chicos seguían persiguiéndome. Había llegado hasta un bosque que quedaba al otro lado de la carretera, me conocía bien el camino porque mi padre me solía llevar allí cuando era pequeño, antes de desaparecer, pero él era el único que se sabía mover una vez dentro.

Seguí caminando en línea recta hasta que vi lo que parecía una explanada, un espacio menos arbolado. Para mi sorpresa, cuando llegué, me encontré con un puente. Una bonita imagen típica de los cuentos, rodeada de verde, un pequeño riachuelo, el lugar ideal. Me senté en mitad de todo aquello, intentando que se me contagiase un poco de toda aquella magia.

Desde que era pequeño los chicos de mi clase se habían metido conmigo. Cuando mi padre se fue lo pase tan mal que apenas hablaba con la gente, me pasaba los días con la cabeza en otra parte y no tenía ganas de hacer nada, él lo era todo para mí. Al principio no eran más que unas simples burlas por mi forma de ser, pero después habían empezado los insultos, las patadas, los puñetazos. Por eso huía de ellos, porque no sabía qué otra cosa hacer.

Me eché a llorar y lloré tanto que me quedé dormido. Y dormí tan a gusto como lo hacía los viernes y los sábados sabiendo que al día siguiente no tendría que ir a clase. Me sentía bien, fuera de peligro. Pero miré el reloj y era tarde. Mi madre se preocuparía si no volvía ya, ¿cómo había podido pasar tanto tiempo?

Cuando entré por la puerta mi madre se abalanzó sobre mí y me abrazó como hacía tiempo que no lo hacía:

  • Alonso, ¿dónde estabas? Me tenías preocupada, pensaba que habías… que te había pasado… - volvió a abrazarme.
  • Tranquila mama, estaba estudiando en el colegio y se me ha pasado la hora, pero estoy bien.

Desde que mi padre se fue vivía atemorizada, temía perdernos, a mí y a mi hermano. Pero a veces era demasiado histérica. No era capaz de entender que con catorce años ya era capaz de cuidar de mí mismo.

Al día siguiente decidí tomarme el día libre y fui a buscar el puente en el que había estado la tarde anterior. Era viernes, y prefería empezar el fin de semana con la misma tranquilidad con la que me había acostado ayer. No estaba muy seguro de si encontraría aquel lugar porque sinceramente no sabía cómo había llegado hasta él. Pero parecía que algo nos unía porque no tuve más que dejarme llevar para encontrarlo.

Y allí estaba, en el centro de un puente colgante que se elevaba sobre un riachuelo cuya agua fluía  lentamente, lo que resultaba muy relajante. Miré a mí alrededor y lo único que había era tierra, hierba, árboles y agua, y un montón de insectos seguramente, pero prefería no pensar en eso. Recosté la cabeza sobre mis brazos y trate de dejar la mente totalmente en blanco. Podía sentir como las preocupaciones salían de mi cuerpo para dejar entrar a la tranquilidad, la calma y me fui relajando hasta que me dormí.

De repente algo llamó mi atención, había alguien en uno de los extremos del puente. Me froté los ojos porque no podía creer lo que estaba viendo, era mi padre. Me puse de pie y espere hasta que se acercó a donde mí. Lo abracé con todas mis fuerzas. Tenía tantas preguntas que hacerle: ¿por qué te fuiste? ¿Por qué no te despediste? ¿Por qué no has vuelto? Y ¿por qué ahora? Pero todo eso podía esperar porque aquel abrazo lo necesitaba más que cualquier respuesta.

  • Hijo, no deberías de estar aquí.
  • Pero papa… – eso sí que no me lo esperaba, pensaba que se alegraría de verme.
  • Este lugar no es seguro.
  • Pero si es maravilloso, aquí me siento bien, aquí… estas tú.
  • Esto fue lo que me alejó de vosotros.
  • No entiendo…
  • No hay tiempo – miró asustado al frente – ya vienen.

Giré la cabeza y lo vi. Eran unas sombras, venían hacia nosotros. Mi padre me empujó para que me fuera:

  • Yo no puedo ir contigo, os pondría en peligro.

Y entonces lo entendí. Desapareció para protegernos. Huy de allí, pero las cosas no se quedarían así, tenía que luchar por él, para recuperarlo. Seguro que al día siguiente podía volver a estar con él. Pero antes tenía que averiguar que era aquello que lo perseguía.

Llegué a casa poco después de la hora de salir de clase para que mi madre no sospechase. Y lo primero que hice fue encender el ordenador y buscar. Y para mi sorpresa, parecía que había más gente que se había encontrado con aquellas sombras. Según un blog, estaban hechas de los miedos de la gente. Resulta que la sensación de bienestar que tienes cuando estas sobre el puente, es porque tus miedos salen de tu cuerpo, pero no se van, se amontonan y se transforman en fantasmas negros que te persiguen hasta que logras enfrentarte a ellos. Ahí estaba la solución: mi padre se tenía que enfrentar a sus propios miedos y podría volver con nosotros.

La noche se me hizo eterna. No podía esperar a volver a verle después de tantos años. Igual que tampoco podía esperar a traerle a casa y darle a mi madre la mayor alegría del mundo, que se vuelva a sentir segura, querida y afortunada. No sé ni la vueltas que di en la cama hasta que conseguí quedarme dormido.

Al día siguiente me desperté temprano, cogí unas galletas y salí corriendo hacia el bosque. Le dije a mi madre que tenía que observar los árboles y sus hojas para un trabajo de ciencias naturales. En cuanto llegué grite para que mi padre saliere de su escondite.

  • Alonso, te dije que no quería que vinieses aquí.
  • Pero papa, tengo la solución.
  • ¿A qué? – me preguntó sonriéndome como si acabase de proponerle algo imposible.
  • A las sombras, juntos haremos que vuelvas a casa.
  • Solo yo puedo enfrentarme a ellas hijo, es complicado…
  • No, lo sé todo, sé de qué se alimentan y puede que tu solo no seas capaz de enfrentarte a tus miedos, pero yo te voy a ayudar.

Aparecieron entonces por donde lo habían hecho el día anterior y avanzaban lentamente hacia nosotros.

  • No te pondré en peligro.
  • Papa, llevas demasiado tiempo aquí solo, me necesitas, yo te ayudare a tener menos miedo, yo te protegeré como tú me has protegido siempre. Mama me enseñó lo importante que es tener a alguien que te quiere a tu lado para enfrentarte a cualquier situación.
  • Tu madre siempre ha sido muy lista.
  • Y se muere por volver a verte.

La cara de mi padre se iluminó. Y entonces una de las sombras se desintegró en el aire. La partida había comenzado. Mi padre ya no tenía miedo de que mi madre se hubiese olvidado de él, pero aún quedaban ocho años de temores que destruir. Entonces decidí hablarle de mis recuerdos, de los que tenían un hueco para él:

  • Cuando te fuiste toda la familia lo pasó mal, el abuelo salía a buscarte todos los días, aunque nos decía que se iba a pasear para que no nos diésemos cuenta de lo mucho que te añoraba, y hablaba de lo orgulloso que estaba de ti – otra de las sombras desapareció – tus compañeros de trabajo llamaban continuamente a casa para saber si sabíamos algo de ti, se sentían culpables por no haberte ayudado cuando sabían que tu situación no era buena – otra menos. Le hablé de mi hermano y sobre todo de mí, lo mucho que lo echaba de menos y lo que le quería, y poco a poco las sombras iban desapareciendo.

Había recuperado la confianza en sí mismo, se sentía querido y lo que antes eran grandes miedos, ahora no eran más que polvo. Me abrazó y sentí que el tiempo no había pasado, que jamás se había ido y que estábamos más unidos que nunca.

Decidimos volver a casa paseando tranquilamente. Teníamos bastantes cosas que contarnos. Mama no se lo iba a creer. Qué ganas tenía de ver la cara que iba a poner y sobre todo su sonrisa, la que hacía tiempo que no veía. Las cosas acababan de cambiar.

Y por primera vez, tenía ganas de ir al colegio, de contarle a todo el mundo que mi padre había vuelto y que se marchó para salvarnos, como un héroe. Me sentía invencible, con ganas de enfrentarme a todos los que me lo habían hecho pasar mal, para demostrarles que el amor gana siempre las guerras. Y por qué no, tenía ganas de estudiar, de ser alguien y devolverle a mi familia años de paz y estabilidad, darles todo lo que tengo como ellos me lo han dado a mí. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que la vida merece la pena cuando estas rodeado de buena gente.

 

Paula Puertolas Guerra

Temas:
colegio


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