Medikuen Ahotsa

La lucha de las primeras mujeres médicas

Mujeres y medicina

No todas las mujeres que han gozado de relevancia social han sido santas, brujas o reinas de belleza. Ha habido muchas sabias, filósofas, astrónomas, matemáticas, artistas, escritoras, inventoras o físicas que además han jugado un papel decisivo en nuestro mundo. Desgraciadamente la historia oficial ha ocultado a la mayoría de ellas y, por ello, sus nombres no forman parte de la memoria colectiva.

Por Maite R. Antigüedad Zarranz
 

Tenemos constancia de algunos casos de mujeres famosas, como el de la donostiarra Catalina Erauso, conocida también como la monja alférez que tuvo que disfrazarse de hombre y esconder su condición de mujer para poder ser mi­litar. La misma estrategia fue seguida por la pirata Mary Read y también, según cuenta la leyenda, por el papa Benedicto III, que se llamaría Juana y que fuera descubierta al dar a luz durante su pontifica­do. Algunas escritoras como Aurore Dupin (Georges Sand) -que también usaba ropajes masculinos- o Cecilia Böhl de Faber (Fernan Caballero) prefirieron publicar sus libros con nombres masculinos para ser tomadas en serio como literatas. Otras muchas muje­res brillantes simplemente ocultaron su talento y su obra, dejando que su contribución al saber se atribu­yera a hombres.

Disfrazadas para poder ejercer la medicina

Durante siglos las mujeres sabias tuvieron que traba­jar en la clandestinidad para escapar de la sospecha de brujería y de las terribles consecuencias que ello podía

acarrear. También numerosas médicas tuvieron que re­currir al disfraz para poder aprender y desarrollar esta profesión; lo sabemos porque algunos casos no han po­dido ocultarse.

La primera mujer médico de Atenas fue Agnodice. Na­ció en el siglo IV A.C. y tuvo que disfrazarse de hombre para poder estudiar y ejercer la medicina, prohibida en aquella época a las mujeres. Ella consiguió que esta pro­hibición fuera abolida tras la acusación de sus colegas de seducir a sus pacientes femeninas, celosos ellos de su gran éxito profesional entre las mujeres atenienses.

En el siglo X se estableció en la ciudad italiana del sur, en Salerno, una escuela de medicina no controlada por la Iglesia, donde no se prohibió el acceso a las mujeres. Gracias a ello, floreció el saber de esta ciencia alrededor de lo que se conoce como las “damas de Salerno”, cuya figura más destacada fue Trótula, quien escribió textos sobre diversos temas médicos que fueron utilizados en las facultades de medicina hasta el siglo XVI, entre ellos, los primeros tratados de pediatría y de ginecología de la historia. Trótula se atrevió, además, a contradecir a Hi­pócrates, negando el prejuicio de que la menstruación convertía a las mujeres en “venenosas”. Trótula no sólo escribió textos que fueron copiados, reescritos y estudia­dos hasta hace muy poco, sino que se preocupó espe­cialmente por aliviar los dolores del parto. Consideraba, además, que la prevención era el aspecto más impor­tante de la medicina y la higiene su herramienta funda­mental: ideas que la convierten en una adelantada de la medicina moderna. Sin embargo, en el siglo XII, algu­nos copistas empezaron a atribuir sus libros a su marido, hasta que su nombre fue definitivamente sustituido por su forma masculina Trottus.

A comienzos del siglo XIX la medicina estaba de nuevo prohibida a las mujeres en prácticamente toda Europa. Margaret Ann Bulkley nació en 1795 y consiguió, a pesar de la prohibición, ejercer esta profesión. Para ello, tuvo que esconder su sexo, disfrazarse de hombre y hacerse llamar James Barry. Así pudo entrar en la escuela de medicina e ingresar en la Armada Británica llegando a ser Inspector General de Hospitales. Logró, como médi­co, realizar la primera cesárea en la que tanto la madre como el hijo sobrevivieron. Antes de ello, este tipo de operaciones sólo se realizaba cuando la madre estaba muerta o casi muerta. Su autopsia reveló en 1865, en plena época victoriana, su auténtico sexo.

Tradizioz sorgin

Mendeetan zehar elikaduraz, garbitasunaz eta familiaren osasunaz arduradu dira emakumeak. Baserri-giroan, batik bat, eurek prestatzen zituz­ten sendabelar eta produktu naturalekin egin­dako ukendu eta edabe onenak.

Hein batean, emakume asko titulu gabeko medi­kuak zirela esan daiteke. Familia askotan, orain­dik ere, euren baserritan gaixotasunak sendatzen dituzten emakumeen istorioak entzuten dira.

Nirean, zehazki, bada arbaso baten istorioa, duela 200 urte baino gehiago Azpeitia ingurue­tan baztanga eta honek utzitako arrastoak sen­datzen omen zuena.

 

Mujeres Premios Nobeles

Por suerte los movimientos sufragistas del siglo XIX, tan a menudo ridiculizados, lograron que poco a poco las universidades occidentales se fueran abriendo a las mujeres. Para muchos esta entrada fue una intromisión intolerable en una parcela del mundo que no les corres­pondía: la del saber.

Sin embargo, todavía no se ha conseguido el reconoci­miento social de los logros de las mujeres. Y como ter­mómetro de este reconocimiento social podemos re­pasar los premios Nobel, que se otorgaron por primera vez en 1901. Hasta el 2013 han recibido este galardón 806 hombres, 25 organizaciones pero sólo 45 mujeres: diez de ellas el de medicina. De los siete españoles que han recibido este premio (todos hombres) sólo Ramón y Ca­jal consiguió, junto con Severo Ochoa, el premio Nobel de Medicina.

La primera mujer en ganar un Nobel fue Marie Curie, que ganó el de Física en 1903 y el de Química en 1911 (sin olvidar a su hija Irene, quien obtuvo el de Química en 1935). Tras las Curie llegó el primer galardón otorgado en Medicina a una mujer: fue en 1947 y lo ganó Gerty Cori, por descubrir lo que se conoce como el ciclo de Cori. Re­cibió el galardón compartiéndolo con su marido, como Marie lo hizo con su premio de Física.

Hubo que esperar treinta años para en 1977 Rosalyn Ya­low ganara el segundo premio Nobel de Medicina otor­gado a una mujer. En su estudio tenía un cartel que de­cía: “Cualquiera sea lo que haga una mujer debe hacerlo el doble de bien que un hombre para que sea considerada la mitad de buena”.

En 1983 el premio recayó en la genetista Barbara Mc­Clintock, quien se quejaba, en sus comienzos, de las di­ficultades que tenía para que sus conocimientos fueran aceptados por la comunidad científica.

En 1986 el galardón se concedió a la neuróloga judeo-ita­liana Rita Levi-Montalcini. Cuando Mussolini prohibió en 1938 el acceso de los judíos a las carreras profesio­nales, Rita montó un laboratorio en el dormitorio de su propio hogar, donde estudiaba el crecimiento de las fibras nerviosas en embriones de pollo. Acabada la gue­rra, pudo continuar su investigación acerca del factor de crecimiento nervioso en diversos centros universitarios, por el que fue premiada.

A Gertrude Belle Elion los médicos asistenciales le deben la existencia de medicamentos como el 6-mer­captopurina , la azatioprina, el alopurinol, la pirimeta­mina, el trimetropin o el aciclovir. Recibió el premio Nobel en 1988.

La genetista Christiane Nüsslein-Volhard obtuvo el No­bel en 1995 y, más recientemente, en 2004 lo hizo la bió­loga Linda B. Buck. En 2008 se premió a Françoise Ba­rré-Sinoussi por el descubrimiento del virus del VIH. En 2009 Elizabeth H. Blackburn y Carol W. Greider com­partieron premio por su estudio genético en el ámbito del envejecimiento celular.

El año pasado fue nuevamente una mujer la que ob­tuvo el premio Nobel de Medicina: la neurocientífica May-Britt Moser, por sus descubrimientos de células que constituyen un sistema de posicionamiento en el cerebro. También compartió el premio con su marido.

Estas diez mujeres, muy pocas en número, constituyen la punta visible del iceberg de mujeres que han contri­buido al desarrollo de nuestra civilización. La parte más grande y no visible de este iceberg está formado por mujeres anónimas de las que nunca hemos oído hablar: entre ellas están las parteras, las abuelas, las sanadoras, las madres y las tías cuya contribución a la transmisión del saber no ha sido todavía debidamente reconocida.

Maite R. Antigüedad Zarranz

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