Enrique Tellería: In memoriam
 Medikuen Ahotsa

Enrique Tellería: In memoriam

Reportajes

Supongo que, como a todos los que te conocimos, nos sorprendió tu repentino fallecimiento. En mi caso a muchos kilómetros de distancia por lo que me fue im­posible darte el último adiós con todos los compañeros, amigos y autoridades que te acompañaron hasta el fi­nal. Tienes que saber que todos los que te conocimos te echamos en falta y sentimos tu ausencia. Sabemos que somos finitos y que la fecha de caducidad no la conoce­mos, pero todos deseamos que el tránsito sea rápido y tú lo conseguiste.

José Carlos Vea

Yo te conocí a ti antes que tú a mí. Los dos éramos muy jóvenes pero tú eras el profesor, aunque, como diríamos ahora, un “profesor becario” al estar haciendo la espe­cialidad. Yo era el alumno. Eran aquellos lejanos años sesenta cuando nos impartías tus conocimientos sobre el Aparato Digestivo en aquella entonces pequeña e in­cipiente Facultad de Medicina de la Universidad de Na­varra. ¡Qué respeto imponíais los profesores, a pasar de la juventud de algunos, como era tu caso, y eso que sólo nos llevábamos una decena de años!

Por entonces no sabía que habías nacido en Ataun, un pequeño pueblo de la Gipuzkoa profunda. Tampoco supe años después que habías ejercido en Bizkaia, y des­pués en Hernani y también en la Clínica de la Asunción en Tolosa antes de establecerte como especialista de Digestivo en San Sebastián, siendo pionero en técnicas laparoscópicas tan en boga en la actualidad.

Colaboraste durante años con el también querido y re­cordado Dr. Ignacio María Barriola, que fue quien te precedió en la Presidencia del Colegio. Y fue en aquel in­olvidable año olímpico en Barcelona y de la Exposición Universal en Sevilla, aquel 1992, cuando te hiciste cargo de la Presidencia de nuestro Colegio que con gran maes­tría y habilidad ejerciste durante 20 años.

Años después te fijaste en mi persona para formar parte de la Junta del Colegio. Fueron unas legislaturas en las que pude colaborar en la Institución bajo tu Presidencia, y siempre me asombró tu tranquilidad y ecuanimidad ante cualquier problema que se discutía. Fueron unos años muy importantes por los cambios que había que realizar en la institución. El cambio de estatutos para el cual supiste consensuar todas las alternativas presenta­das para el normal funcionamiento del Colegio. De la misma forma luchamos todos, bajo tu dirección, contra el intrusismo de la profesión y otros temas diversos pero también importantes.

Todos tus compañeros evidenciamos tu entereza y co­raje con el que enfrentaste esa alteración motriz, cada vez más incapacitante para deambular en tus últimos años. Era asombroso y envidiable que, a pesar de todo, no renunciases a representar a la institución allá don­de se solicitaba tu presencia. También nos veíamos, con mucha frecuencia, los viernes en los cines Príncipe, para disfrutar de algún estreno cinematográfico. Un verdade­ro aficionado.

Te gustó y disfrutaste de tu profesión y cuando te jubilas­te seguiste trabajando, no ya para todos nosotros, tus co­legas, presidiendo la Junta del Colegio, sino para que to­dos los guipuzcoanos supieran qué era, por y para ellos, que era por lo que se velaba en la institución. Mediando en los conflictos que se planteaban y haciendo que todos tuvieran la posibilidad de hacerse oír y obtener una re­puesta a sus problemas.

Fundaste esta revista Medikuen Ahotsa heredera de aquella lejana Guipúzcoa Médica, y la hiciste revivir en todos los aspectos. Tus editoriales siempre fueron acer­tados y lógicos, haciéndonos reflexionar en cada mo­mento por los avatares que pasábamos. Insistiendo, a través de las páginas del diccionario en euskera para que todos tuviéramos unos niveles, aunque fueran mínimos, de tu lenguaje materno y de esta forma poder entender­nos, con algunos pacientes, aunque sólo fuera de una manera elemental.

Cuando ya ejercías de expresidente recibiste el merecido homenaje de todos los colegiados concediéndote la Me­dalla de Oro del Colegio.

Fue un honor trabajar a tu lado y sé que te reirías si te digo que me han “insaculado” para recordar tu persona. Lo hago con todo el placer, pero reconociendo que diga lo que diga sobre ti, me quedaré corto y sabiendo que, con toda seguridad, hay personas más preparadas para resolver este asunto. Pero lo hago con el mismo cariño que tú mostraste siempre por todos nosotros.

Enrique, siempre te recordaremos con admiración y ca­riño y, los que te conocimos un poco más, sabemos que allá donde estés te imaginamos infringiendo la prohibi­ción de fumar… Descansa en PAZ.

José Carlos Vea

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